El Coliseo Elías Chegwin ha quedado sumido en un silencio ensordecedor. La confirmación del retiro definitivo de los Titanes de Barranquilla de las competencias oficiales de la Federación Colombiana de Baloncesto no es un simple trámite administrativo de oficina; es una herida abierta en el corazón de la cultura deportiva del Atlántico. De la noche a la mañana, la afición de la ‘Arenosa’ ha sido despojada del espectáculo más dominante, regular y exitoso que ha visto el deporte de la canasta en nuestro país en la última década. Nueve coronas en las vitrinas no fueron suficientes para blindar un proceso que terminó asfixiado por las diferencias institucionales.
La pérdida de la ficha profesional por parte de la dirigencia encabezada por Alberto Caparroso es la crónica de un divorcio anunciado. El básquetbol en Colombia arrastra vicios de organización que terminan por desgastar a los inversores privados, quienes, cansados de remar contra la corriente federativa y la falta de garantías competitivas robustas, prefieren dar un paso al costado. El problema radica en que, mientras los directivos disputan el control de los escritorios, las tribunas quedan vacías y los jóvenes se quedan sin referentes locales a quienes imitar sobre la pista.
El verdadero drama de este apagón no se medirá en las pérdidas económicas de la franquicia, sino en el impacto social que deja en las barriadas de Barranquilla. Los Titanes no eran solo un equipo ganador; eran la demostración de que la disciplina de los gigantes podía competir de tú a tú en el gusto popular con la pelota caliente y el fútbol del Junior. Aunque la marca ha prometido mantener encendida la llama de sus categorías formativas en el torneo departamental, la ausencia de un equipo de élite en el Elías Chegwin corta el cordón umbilical de la alta competencia. Reconstruir un legado de esta magnitud tomará años, y hoy, tristemente, el baloncesto costeño vuelve a arrancar desde cero.



