El sábado en el estadio Armando Maestre Pavajeau ocurrió algo que las crónicas de urgencia van a resumir como una crisis más de Junior: perder 1-0 contra el colista, con un hombre de más durante veinte minutos y con más del setenta por ciento de la posesión. Es tentador, y es cómodo, achacarlo a la actitud, al carácter, a esa palabra tan usada como vacía que es "compromiso". Pero los números del partido cuentan otra historia, más incómoda y más precisa: Junior atacó, tocó, corrió y remató diecinueve veces. Lo que nunca hizo fue llegar al fondo. Y sin fondo, como se sabe desde que existe este deporte, no hay gol que valga.

Lo que dicen las cifras, y lo que no

Los números del partido, tomados en frío, describen a un equipo dominante. Junior dio 471 pases contra 182 de Alianza, ganó el 58% de los duelos individuales y sacó seis tiros de esquina contra cuatro del rival. Jugó ochenta y cinco minutos de ataque casi permanente, con el colista replegado detrás de la línea de la pelota desde el minuto cuatro, cuando Meza abrió el marcador y se fue lesionado poco después, sin volver a tocar el balón en lo que restaba de partido. Todo eso, en una lectura superficial, debería haber bastado para revertir el resultado.

Pero hay una cifra que no aparece en los resúmenes rápidos y que explica todo lo demás: veintiséis centros al área, con apenas 23% de precisión. Es decir, veinte balones enviados al área que Alianza devolvió sin sobresaltos, la mayoría de las treinta y seis veces que el equipo visitante se limitó a despejar. Esa no es una estadística de mala suerte ni de falta de puntería individual. Es la fotografía de un equipo que insistió una y otra vez por la misma vía, sin variarla, y que chocó una y otra vez contra la misma pared.

Interpretar el partido solo con la posesión y los remates es quedarse con la superficie. El fútbol no se gana por acumular intentos, se gana por generar los intentos correctos, y ahí es donde el análisis frío de las cifras deja de alcanzar. Hace falta preguntarse de dónde salieron esos veintiséis centros, y la respuesta es la que de verdad importa: casi ninguno salió de línea de fondo.

El centro que sale de tres cuartos

Hay una diferencia elemental entre un centro que nace en la línea de fondo y uno que nace a treinta metros del arco, y cualquiera que haya jugado o mirado fútbol la conoce de memoria. Cuando el extremo o el lateral desbordan y llegan hasta el fondo, el centro le llega al área por detrás de la línea defensiva, con los zagueros mirando hacia su propio arco, sin margen para anticipar ni para acomodarse. Cuando ese mismo centro sale desde tres cuartos de cancha, la defensa lo ve venir de frente, con tiempo de sobra para ubicarse y despejar sin sobresaltos. Alianza despejó treinta y seis balones el sábado. No es casualidad.

Junior no tuvo desborde, y no lo tuvo porque no tiene con qué generarlo de manera sostenida. Tres días antes del partido, en la rueda de prensa previa al viaje, Sebastián Viera ya lo había dicho sin rodeos: en los costados solo cuenta con Edwin Herrera de un lado y Yeison Suárez del otro, que Jermein Peña podría ocupar esa posición pero que lo está trabajando como central, y que para reforzar esa zona tocará mirar hacia las divisiones menores. No era una excusa preventiva. Era, ahora se confirma, un diagnóstico exacto de lo que se vería noventa minutos después en la cancha.

Un lateral, explicó el propio técnico, necesita recorrer mucho terreno y desgastarse constantemente para cumplir su función en su esquema de juego. Pedirle eso a solo dos jugadores, partido tras partido, en un calendario apretado y con siete salidas por delante, es pedir lo imposible. Y cuando no hay quien suba, desborde y llegue de verdad al fondo, el centro sale de donde puede el equipo, no de donde realmente sirve para generar peligro. Ese, y no la falta de gol, es el problema estructural que el resultado del sábado terminó de exponer.

Es más fácil, y más barato periodísticamente, resumir esta derrota con adjetivos sobre el carácter del plantel o sobre la falta de puntería de los delanteros. Pero las cifras, leídas con atención, dicen otra cosa: Junior dominó el partido y perdió porque nunca encontró la manera de llegar al fondo del campo rival, y esa carencia tiene un origen concreto, identificado por el propio entrenador antes incluso de que el equipo viajara. Sebastián Viera avisó, dio la cara y dispuso lo que pudo con lo que tiene. La pregunta que queda pendiente, y que no le corresponde responder a él, es por qué un plantel armado para pelear el tricampeonato llegó a mitad de semestre con apenas dos laterales disponibles. Esa respuesta todavía no la ha dado nadie en voz alta, y Junior visita a Fortaleza en la próxima fecha con la misma tarea sin resolver: encontrar, por fin, un fondo.